Booooom!!! La explosión me lanzó tres o cuatro metros hacia atrás y me tiró al suelo. Sólo podía oír un agudo pitido. Veía la gente corriendo a mi alrededor. Olía a humo. Cuando levanté la cabeza vi al hombre con el que un segundo antes estaba discutiendo porque no me dejaba pasar. Estaba convertido en un montón de carne, huesos, sangre y trozos de ropa.

Sólo pensé en correr. Me levanté y corrí todo lo que pude en dirección contraria a donde había explotado el coche. Cuando vi a mis compañeros, le levanté la camiseta a Carles por ver si estaba bien. Yo estoy bien, sólo tengo un arañazo en la cara, pero tú tienes algo ahí en la rodilla, me dijo. Entonces me caí al suelo porque me falló la pierna derecha. ¿Cómo has podido correr? Me preguntó Miguel. Yo que se. Paremos un coche y que nos lleve a un hospital. Salgamos de aquí.

No me dejaban entrar al hospital porque estaban desbordados con más de doscientas personas heridas graves. Hablaban de veinte muertos. No atendemos pacientes de malaria, me decían al verme blanco. Más blanco de lo normal, supongo que estaba en ese momento. Al cabo de tres horas me dieron unas pastillas para el dolor, unas pastillitas de vitamina C y me dijeron que si había algo dentro de mi rodilla, ya se saldría solo. Ahora estaban con cosas más graves. Me fuí a una clínica privada que tenía rayos X. Por saber si el hilo de sangre que salía del lateral de mi rodilla significaba que me había alcanzado la metralla o no. Por poder enseñar la radiografía en el aeropuerto si pitaba en los controles de acceso.

Tardé tres días en salir de Nigeria, gracias a la ayuda del equipo de la embajada. Y cuatro en llegar a la puerta de urgencias del hospital la Fe. Cuando el médico sacó el trozo de metralla que había cortado mi tendón rotuliano y me preguntó si lo quería de recuerdo, me puse a llorar como un niño. Tranquilo, ya estás en casa.

Aquel día era viernes. Acabábamos de volar tres globos desde el centro de Abuja. La élite económica y política de Nigeria celebraba el 50 aniversario de la independencia del país de Inglaterra y nos habían contratado para volar tres globos con pancartas conmemorativas del evento. Como todo estaba cerrado al tráfico debido a las medidas de seguridad, una vez aterrizados los globos decidimos dar un paseo y volver a casa caminando. A veces me pregunto qué hubiera pasado si hubiésemos ido a almorzar, como es costumbre después de volar….

A parte del susto, de aquella experiencia aprendí varias cosas.

1.- Confianza.

La primera cosa que aprendí fue a tener confianza. En la vida. En el Universo. En mí.
Si no es para tí, ni aunque te pongas. Si es para tí, ni aunque te quites.

Vivimos bloqueados por el miedo. Nuestra sociedad está enferma de miedo. El negocio del miedo nos rodea por todos los lados. El miedo controla nuestras decisiones y condiciona nuestras vidas. Pensamos y actuamos como si nos fuese a aparecer un tigre detrás de cada esquina.

Hablo del miedo fantasma, no del miedo natural y sano. Hablo del miedo a lo diferente, a lo desconocido,al cambio, a lo que hay más allá de nuestra zonas de confort. A la incertidumbre.
Creo que es fundamental cultivar la confianza en el cambio en lugar de miedo al cambio. Explorar lo desconocido, crear espacios de incertidumbre para experimentar en diferentes niveles y crear oportunidades en las que no nos sirva reaccionar de forma automática. Es en esos espacios donde podemos aprender a ser más flexibles, más tolerantes. A mirar más allá de la punta de nuestros pies. Donde aprendemos a jugar a ganar. No a conformarnos con no perder.

Mi relación con el miedo ha sido siempre estrecha. He sentido miedo escalando en la roca caliente cerca del mar y perdido en la niebla en mitad de un glaciar en las montañas de Alaska.

He pasado miedo trabajando de cooperante en el centro de África cuando las milicias janjaweed entraron disparando en el mercado donde estábamos comiendo o cuando cada noche dormíamos vestidos por si venían a secuestrarnos.

He pasado mucho miedo esperando resultados de análisis médicos.

Y durante muchos años, mi relación con el miedo ha sido contradictoria, ya que he sido educado con ciertas creencias respecto al miedo, por ejemplo que ser valiente es no tener miedo. Si eres chico te sonará. Y que llorar es de cobardes. O que no debemos tener miedo ante determinadas situaciones. Probablemente si no sintiéramos miedo, la mayoría de nosotros estaríamos muertos. En muchos casos, evitar las situaciones que nos provocan miedo, sólo hace que tengamos menos habilidad para afrontarlas y eso refuerza que las evaluemos como situaciones de mucho riesgo. El miedo puede socavar fácilmente todos los esfuerzos que hayamos estado realizando para alcanzar nuestro sueño, nuestro objetivo. O simplemente para ser felices. El miedo se construye sobre el miedo.

Controlar el miedo no es deshacerse de él o ignorarlo, sino más bien lo contrario. Los guerreros Samurai eran famosos por meditar a diario sobre todas las maneras en las que podrían morir. Tenemos que ser los dueños de nuestros miedos. Igual que ocurre con las emociones, los miedos deben reconocerse y examinarse antes de poder controlarse.
Por mi experiencia, creo que es muy valioso utilizar el miedo para activar la concentración, utilizando a nuestro favor la energía generada por él. El miedo es información y somos nosotros los que permitimos que el miedo controle nuestro estado emocional.

El autoconocimiento es fundamental para manejar el miedo, así como la capacidad de canalizar el miedo, sin caer presa del pánico, en acciones deliberadas que den como resultado el buen desarrollo de la actividad que estemos realizando. Me gusta trabajar el autocontrol, estar abierto al poder de la experiencia transformadora y ser consciente de dicho poder. Utilizo actividades que me sacan de mi zona de confort como herramienta tanto para el autodominio como para la transformación. El viento se ocupa del resto.

2.- No quiero tener razón.

A veces me sorprendo discutiendo sólo para tener razón. Cerrando la mirada, entrando en visión túnel. Y me viene a la cabeza el minuto anterior a la explosión, discutiendo con el señor, muy racista por cierto, que no me dejaba pasar por ser blanco: para él, los blancos eran espías y mala gente, según me gritaba en la cara.

Me parece más práctico entender y aceptar que discutiendo no gano nada. Al revés: pierdo energía y foco. Depende de cada uno decidir si luchar ante una determinada situación, o fluir en su misma dirección.

No hablo de renunciar a conseguir el objetivo. Hablo de que a veces el viento nos trae situaciones que no podemos resolver en el mismo plano y tenemos que soltar lastre para cambiar de altitud y encontrar nuevas soluciones más creativas e innovadoras. Podemos utilizar nuestra energía en conseguir nuestro objetivo, no en discutir con nadie.

Desde aquel día, me sucede muchas veces que el efecto de una respuesta que no se oponga o que fluya en la misma dirección del ataque crea una reacción de desconcierto y sorpresa debido a que estamos tremendamente habituados a querer tener razón e intentar persuadir a los otros con todos los argumentos posibles.

Muchas veces es recomendable comportarnos como un piloto de avión, utilizando nuestra fuerza y potencia para movernos por las turbulencias de la vida, con una actitud incansable y proactiva, pero otras veces, es más conveniente comportarnos como un piloto de globo, fluyendo con el viento, sin resistirnos, sin pelear. Aceptando lo que no podemos cambiar y utilizando nuestra libertad para cambiar de altitud.

3.- Hay infinitas miradas.

Desde muy joven he creído que el amor es más fuerte que el odio. Que la violencia no sirve de nada. Sólo genera más violencia.

Cuando me tocaba hacer el servicio militar, fui coherente con mis principios: me declaré insumiso y le escribí una carta al Ministro de Defensa y otra al Ministro de Justicia para explicarles las razones de mi decisión. Al de Defensa le dije que no iba a participar en un sistema que consideraba peligroso, injusto, corrupto y basado en la violencia y el miedo. Al de Justicia, que me hacía responsable de mis acciones por defender un modelo de sociedad sin ejércitos ni guerras.

Mi mirada y mis creencias experimentaron cambios y matices después de un año trabajando en Darfur. Allí vi con mis ojos los efectos de la violencia, la intolerancia y el odio. Cada día llegaban hasta el único árbol que había en muchos kilómetros a la redonda ( y que servía de “puerta” al campo de refugiados) mujeres violadas a las que acababan de asesinar a sus maridos, quemar sus casas y robar a sus hijos para utilizarlos como esclavos.

Por la noche me preguntaba ¿qué haría yo, si me sucediese esto? ¿Qué motiva a esa gente a matar y destruir de esta manera?¿Que haría yo si me destruyeran todo y mataran a mi familia?. Me dormía sin respuesta. Y sigo sin encontrarla.

Pero fue con la explosión de la bomba cuando sentí la necesidad de entender qué motivaciones mueven a alguien a matar y destruir de esa forma.
Hable con amigos que habían estado trabajando en el delta del Níger, que es de donde es el grupo terrorista, con la población que estaba sufriendo los efectos de las políticas de favor a las grandes petroleras que estaban expoliando y destruyendo la zona. Leí todo lo que pude sobre la problemática de la zona durante los últimos 50 años. Vi todos los documentales que encontré.

Y la actitud con la que afronté este proceso, era de tomar en consideración lo contrario a aquello que había aprendido a pensar y a hacer hasta ese momento.

El objetivo no era aceptar y hacer propio el comportamiento opuesto. Se trataba simplemente de tomar conciencia de que existe. Constatar y entender que se puede pensar así, que se puede tener esta visión del mundo y de la vida.

¿Qué haría yo si destruyesen el lugar donde vivo y matasen a mis hijos?
¿Que haría yo si me condenasen a no tener esperanza?
¿Qué haría yo con alguien que se enriquece a costa de la salud y el futuro de mi pueblo?

Sentía que tenía la oportunidad de aprender a percibir otra realidad, sin sentirme agredido, sin rechazarla inmediatamente como algo a excluir.

Como el impacto fue tan grande, quería llegar a una completa libertad intelectual y emocional, de considerar la propia vida a todas las altitudes posibles y en todas las direcciones que la existencia puede ofrecernos. Abrir mi espíritu para elevar mi nivel de libertad de pensamiento.

He vivido como un juego el hecho de pararme a considerar lo contrario de aquello que he sido condicionado a responder. Si mis instintos, mis emociones o mis sentimientos me empujan hacia un cierto tipo de reacción, he descubierto que me puedo parar un segundo para tener así la libertad de elegir entre varias opciones. Además tales condicionamientos, convicciones, a menudo ni siquiera me pertenecen. Son derivadas de mi educación, de la influencia de mi familia, de mis amigos o profesores, antes de arraigarse en mi inconsciente.

Puedo perfectamente conservar todas mis convicciones y al mismo tiempo, esforzarme en entender aquellas de los demás. Puedo incluso integrar estas últimas en mi forma de mirar. Me permite agrandar mi horizonte, además de considerar la opinión de los demás como un enriquecimiento en vez de una amenaza.

Con el paso de los años y las experiencia vividas, mis principios de no violencia siguen con buena salud. Incluso diría que de forma más radical aún. Y tengo la sensación de que en muchos casos (que no son tan brutales como el de la bomba) el juego de tomar en consideración justo lo opuesto, ha enriquecido mi mirada. En la diversidad hay riqueza.

Estoy contento de haber convertido un acto violento en una oportunidad para la tolerancia y el respeto.

4.- Cuidado con lo que te crees. Creencias, límites y limitaciones.

Después de la rehabilitación tras la primera operación, me dije: voy a ver si me he quedado bien y me voy a atravesar la Patagonia en bicicleta en solitario. Era un viejo sueño, y todo fue de maravilla: recorrí los casi 3000 kms entre Bariloche y Ushuaia en un mes. En solitario no fue, porque el viento en contra no me soltó ni un momento….

Al cabo de unos meses, empecé a notar molestias y volví a ir al médico. La herida se había enquistado y había que operar. Rasparon el tendón, pero hicieron falta tres tratamientos con factores de crecimiento y 8 meses para que me dieran el alta. El doctor, a quien estoy infinitamente agradecido, me dijo: Vida normal, excepto que no puedes volver a correr. Cuidate.

Cuando salí estuve unos días dándole vueltas al asunto. No es que yo hubiese tenido nunca un especial interés en correr, pero el hecho de no poder volver a correr con 37 años, no me gustaba. Así que decidí cambiar de altitud. Me apunté al Medio Maratón de Valencia (faltaban 8 semanas) y empecé a leer sobre otras maneras de correr: Descalcismo y minimalismo. Correr descalzo me fascinó desde el primer día por su simplicidad y por la sensación de libertad que tengo cuando simplemente corro como un niño. Sin preocuparme de las zapatillas, del tiempo, de nada que no sea dar un paso después del otro con atención plena.

Los límites del ser humano pueden llegar mucho más allá de lo que imaginamos. Es nuestra imaginación y lo que nos creemos lo que nos impone limitaciones. Hay una gran diferencia entre lo que «no se puede», los límites, y lo que «creemos que no podemos», las limitaciones.

La frase «lo consiguieron porque no sabían que era imposible», de Jean Cocteau, dice mucho sobre cómo funcionan las creencias limitantes. Tanto si crees que puedes como si no, en ambos casos estás en lo cierto.

Las creencias son solo puntos de vista de la realidad, son percepciones de lo que observa­mos, que interpretamos desde nuestra propia experiencia. No es posible tener una percepción completa y absoluta de la realidad pero sí podemos completarla con tantas perspectivas como se nos ocurran.

Podemos buscarnos motivos para confirmar nuestras creencias limitantes o soltar lastre, cambiar de altitud y encontrar nuevas creencias que nos potencien.

Llevándolo al extremo, un racista cuyas creencias le hacían pensar que los blancos éramos mala onda y no me dejó pasar, me salvó la vida. Y estuvo a punto de matarme alguien que luchaba (eso decía y creía) por la libertad de su pueblo.

Y volviendo a lo de la rodilla, como no me quise creer lo que me dijo el médico, he corrido varias medias maratones descalzo y varios maratones con calzado minimalista. Gracias Doctor.

5.- La vida es aquí y ahora.

Después de los primeros meses, me dio por poner el foco en el tiempo y el lugar en el que transcurría mi vida.

La conclusión a la que llegué es que me paso la vida en un tiempo que no es ahora, bien sea haciendo planes o dándole vueltas a lo que pasó el otro día, y en un lugar que raramente es donde estoy, sino más bien donde voy o de donde vengo. Y mientras tanto, va pasando la vida….

Un acontecimiento como el que viví, me hizo tomar conciencia, que a pesar de nuestros planes y nuestros proyectos, la vida te da sorpresas, como decía la canción.

El lugar y el tiempo donde ponemos nuestra atención condiciona y colorea el modo en que percibimos la vida.

Me gusta volar en globo porque un vuelo en globo es una metáfora muy potente para darnos cuenta de dónde decidimos poner nuestra atención: Mientras volamos, podemos centrarnos en ver de qué forma aprovechamos los vientos que en ese momento existen en el cielo o podemos quejarnos de los vientos que no hay o no nos llevan donde queremos, sin hacer nada. Podemos sentirnos agradecidos por la experiencia fantástica que estamos viviendo o desgraciados por no por no poder controlarlo todo y que las cosas no salgan exactamente como queríamos.

Podemos poner la atención en la oportunidad que el viento nos trae de aprender a ser más flexibles, o ponerla en lo injusto que es el viento por no soplar donde nosotros queremos.
Es simple, y además es nuestra decisión. Nuestra responsabilidad. Cambiar de altitud para poner el foco donde quieres. Independientemente de la dirección del viento.

6.- Hazle caso a tu instinto.

Durante las semanas anteriores mi partida, mi intuición me estuvo susurrando al oído: No vayas. Hasta tal punto que convencí a mi pareja, que tenía que venir conmigo, para que se quedase en Valencia.

Cuando me levanté ese día, hice la cama y ordené todo, por si pasaba algo.

No le hice caso, a mi intuición. Y estuve a punto de pagarlo caro.

En la cultura moderna, la intuición es una facultad vaga y a menudo ridiculizada. La parte analítica de la mente, el lado izquierdo del cerebro, tiende a ignorar o negar el conocimiento intuitivo. Sin embargo, la intuición es explícita y crucial. Es la conexión con la información oculta y el potencial no consciente. Cuando bloqueamos la corriente intuitiva, bloqueamos una fuente de información muy importante.

La intuición no es lógica. No podemos analizar cómo o por qué sabemos algo intuitivamente, aunque muchos hemos tenido experiencias que nos han convencido de que la intuición es real.
No hay que confundir la intuición verdadera con el diálogo interior. La intuición viene del subconsciente y tiende a manifestarse como una sensación muy clara y específica sobre hacer algo. El diálogo interior aparece en forma de mensajes y pensamientos más ambiguos, normalmente relacionados con el ego.

Intento desarrollar mi receptividad ante la intuición. Cuando recibo un pensamiento aparentemente aleatorio, no me limito a descartarlo. Permanezco curioso y trato de seguirlo. Observo adónde conduce. La intuición susurra entre los pensamientos conscientes y se trata de aprender a escuchar esos pensamientos y sensaciones sutiles que están justo por debajo del nivel de la conciencia.
Creo que la intuición siempre es verdadera. No podemos tener intuiciones falsas. Las falsedades sólo se producen durante la interpretación de los mensajes intuitivos, cuando los abordamos desde una perspectiva de miedo fantasma, deseo o creencias limitadoras.

Solemos pensar que, en comparación con la intuición, una percepción normal es objetiva. No lo es. No nos limitamos a ver o escuchar de una forma pasiva y objetiva. Más bien la percepción es un acto mental complejo de organizar información sensorial a través de los filtros de experiencias pasadas. Creamos una gran parte de la percepción con experiencias anteriores, miedos, expectativas y creencias.

Y la realidad contiene un abanico mucho más amplio de posibilidades y es importante tomar conciencia de que no podemos fiarnos plenamente de nuestra percepción, aunque debemos apoyarnos en ella para obtener información.
Creo que debemos entrenar la mente para que nuestra percepción de la vida no quede inhibida o contaminada por las experiencias pasadas y el miedo. Para tener disponibles todas las oportunidades y posibilidades, podemos aparcar nuestras nociones preconcebidas y los miedos fantasma que nos mantienen prisioneros en nuestra zona de confort.
Me gusta escuchar la intuición para que sus susurros me sean familiares y frecuentes.

7.- Gratitud

¿Conoces la fábula del folio en blanco y el punto negro? Esto mismo creo que pasa en nuestra vida: tenemos una hoja en blanco entera, para ver y aprovechar, y muchas veces nos centramos en los puntos negros, que aunque son mínimos en comparación con el folio, ocupan nuestra mente y nuestra vida en un porcentaje muy alto. He aprendido a renunciar a la atracción de ese pequeño punto negro, y quedarme con la maravillosa aventura de ese gran espacio en blanco que es nuestra vida, donde podemos escribir y soñar tan alto como queramos.

Pienso que la vida es un regalo, que tenemos infinitas razones para estar agradecidos.
Cada momento es un milagro. Cada día una aventura y una oportunidad para crecer, contribuir y desarrollar nuestra mejor versión.

La gratitud no se contrapone con la realidad ni cambia los acontecimientos negativos o desagradables, ni tiene nada que ver con la resignación. La gratitud no excluye el deseo de cambio y mejora. Al contrario, es una decisión personal de poner mi atención y mi energía donde yo quiero, a pesar de las circunstancias. Y aunque no cambie las cosas, cambia el color con el que vemos las cosas.

Si elegimos poner nuestra atención en lo positivo, la vida no va a cambiar, pero el color con la que la miramos y la sentimos, sí. Y eso lo cambia todo.
Si pones la atención en el viento que tienes, no la pones en el que no tienes. Aunque sepas que está.

Para vivir agradecido no nos hace falta ni mucho dinero ni muchas cosas materiales. Nos basta con nuestra voluntad. Sonreir y dar las gracias ponen el resto.

Cuando me explotó la bomba, y el periodo que duró la recuperación, tenía delante de mí dos opciones:

  • Quejarme y lamentarme de lo que sucedió.
  • Soltar lastre para cambiar de altitud y ganar perspectiva en busca de nuevos vientos que ampliaran mi visión del mundo y de mi mismo para inventar mi propio futuro.

Elegí volar. Y dar las gracias a la vida.